Gregorio Samsa

Buenos días, me presento soy Gregorio y hoy les voy a contar mi historia, todo paso una mañana cuando desperté de un sueño intranquilo y me encontré transformado en un monstruoso insecto, el cual al intentar levantarme sentí un duro caparazón y al levantar la cabeza vi mi  vientre convexo, oscuro y surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi no aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de mis piernas, se agitaban sin concierto me pregunte ¿Qué me ha ocurrido? No estaba soñando. Mi habitación, una habitación normal, aunque muy pequeña, tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de paños y de la pared colgaba una estampa recientemente recortada de una revista ilustrada y puesta en un marco dorado. A todo esto, se me olvidaba, yo era un vendedor viajero y por mi estado pensé que ya no podría volver a serlo, como también pensé que ya no podría dormir de lado, ya que la caparazón no me lo permitía, prosiguiendo mire por la ventana estaba nublado, ahora estoy atontado de tanto madrugar. No duermo lo suficiente, pero hay viajantes que viven mucho mejor que yo aunque “El viajar es cansado, yo no sabría vivir sin viajar”, pero es injusto ya que cuando a media mañana regreso a la fonda para anotar los pedidos, me encuentro a mis padres desayunando cómodamente sentados, haciendo nada. Si yo con el jefe que tengo hiciese lo mismo, me despedirían en el acto, lo cual, probablemente sería lo mejor que me podría pasar. Si no fuese por mis padres ya que ellos viven con mi dinero, pero ya hace tiempo que me hubiese marchado. Hubiera ido a ver el director y le habría dicho todo lo que pienso sobre el, se caería de la mesa, ésa sobre la que se sienta para desde aquella altura hablar a los empleados ya que como es sordo, han de acercársele mucho, pero todavía no he perdido la esperanza, en cuanto haya reunido la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis padres unos cinco o seis años todavía, me va a oír. Ya se me hace tarde y tengo que ir a mi trabajo, pero que dirán al verme con esto. 

Luego mis padres y hermana empezaron a llamarme al cuarto y me empezaron a preguntar si me sentía bien o porque no salía, se empezaron a preocupar hasta que llego el mismo gerente a mi casa enfadado con su cara de odio, ya que no fui a trabajar, luego llamaron a un cerrajero para que abriera la puerta. Cuando lo logro mi madre me miró y juntando las manos avanzó dos pasos hacia mi y se desplomó por fin, en medio de sus faldas desplegadas a su alrededor, con la cabeza caída sobre su pecho. En cambio mi padre me amenazó con el puño, con expresión hostil, como si quisiera empujarme hacia la ventana, luego  alejándose con paso inseguro al recibidor y cubriéndose los ojos con las manos lloro de tal modo, que el llanto sacudía su robusto pecho.

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